martes, 29 de mayo de 2007

Suicidio criollo en tarde de invierno

Siempre se preguntó dónde volaban las palomas, cuando se perdían en el viento azaroso, mientras ellas miraban perfectamente simétricas desde el infinito, las casas entre cigarros sin memoria.
Un día decidió averiguar qué puerta abriría si se lanzaba al vacío desde un mirador en lo alto de la ciudad rítmica, con flujos pulsantes, como riberas que estornudan al metrónomo de un corazón implícito.
Inspiró profundo, al tiempo que una gota de sudor brillaba al sol, esperando caer desde su cuello.
Revisitó cada interacción no olvidada.
Él nunca quiso ser hormiga, de esas que se besan la boca, intercambiando quizás qué idea o almíbar y luego siguen su marcha, sin poder retener aquel éxtasis de la pausa, que casi las hizo despertar.
Salió a pasear de la mano del reloj, examinó la niñez de globos, se montó en caballos de árbol, en naves que cruzaban galaxias con sólo pestañar; abrazó a la mujer que lo echó al mundo, mostrándole el camino a la luz.
Exhaló lentamente y con un paso seguro, sostuvo su pie derecho en el aire, extendiendo sus brazos a los lados.
Un trago de saliva, un puñado de latidos cardíacos, el miedo que expande la apertura umbilical, la tierra que crece, la vida en un instante y el silencio más profundo de la mano de la muerte.


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